Hace años que los poetas dejaron de esperar en ventanas ajenas, para que una mujer sintiera amor por sus palabras de pena. Tampoco ellos tienen fama de hacer llamadas, aunque no paren de escribirte sin que tú lo sepas. Quien nace poeta aprende a pasear su vida entre piedras y amapolas, charcos y algodones, entre el dolor y la alegría. Pocos son los que se esfuerzan en explicar en persona porqué los días son heridas, ni porqué entiende a la poesía como su única amiga. Así que acepto que yo soy así aunque sea por esto que nunca he hecho que no sé ni cómo se hace pedirte ayuda.
Dos torres se destruían mutuamente la noche del Once Ese; impuntuales como siempre, no le metas prisa a la muerte. Víctimas del calor en agua se encontraron los cuerpos con autopsia de ahogamiento que además de la odisea, de tanto rasca, cielo, en tu cuello hubo impactos sin quererlo. Y aún no sé si sabes que después de las caídas suelen llegar las flores. Pero nunca en vida fuiste acostumbrado a esas cosas, por eso mantengo el recuerdo de cuando tus piernas me dan la espalda de cara a una rosa. Pronto la paz volvió con el peso de tu alma confesa a la intemperie, descubierta sin interrupción mientras mi idea semidesnuda rondaba como la más asustada de aquella habitación. Y por último, siempre toca la despedida ya sea a tu manera o como a mí me gusta, pero ambas con la verdad en valentía para decirte que: Mi marca en tu piel o tu olor en la mía es lo más cerca que estuve de dormir contigo. Y así es como acabamos la noche del 11S que dio comienzo a la guerra en Oriente.